“La familia es la institución más
violenta de nuestra sociedad, con excepción del ejército en tiempos
de guerra” (Gelles y Straus). “La familia es una institución
destinada a la producción sistemática de afecciones físicas y
mentales en sus miembros” (Ashley Montagu). “La primera brutalidad a
que es sometido el niño es el primer beso de la madre” (Ronald Laing)...
estas y otras lindezas por el estilo están en boca de los
detractores de la familia. Por desgracia abundan.
Suerte que también los hay, y
muchos, defensores acérrimos de la institución familiar. Aquí les
cito algunos. “La familia es la matriz de la identidad. La familia
siempre ha sufrido cambios paralelos a los cambios de la sociedad y
sólo la familia, la más pequeña unidad social, puede cambiar y al
mismo tiempo mantener una continuidad suficiente para la educación
de los hijos” (Salvador Minuchin). “La familia es el último reducto
de calor en este mundo helado” (Susan Sontag). Y esta pone el broche
final: “El futuro de la Humanidad pasa por la familia” (S.S. Juan
pablo II).
Lo que pasa es que la familia
encierra una ambivalencia, ya que la institución familiar es a la
vez generadora de amor y de violencia. Hay sentencias del castizo
refranero que aciertan de pleno: “Del roce nace el cariño”... pero
también se me acude que el odio. Otra, que da la pista sobre la
violencia doméstica: “Los trapos sucios se lavan en familia”.
Ciertamente, hay múltiples
causas de psicopatología de la institución familiar que luego
determinan ciudadanos con deficiente salud mental. Les voy a citar
algunas, de la mano de mi amigo y colega Luis Rojas Marcos (ya
saben, el que fue responsable de la salud mental de los neoyorquinos
hasta el tremendo 11-S). Dice Rojas Marcos (y no tienen desperdicio
sus palabras) que entre las causas generadoras de psicopatología en
nuestros conciudadanos, están: “La creciente glorificación del
individualismo duro que fomenta la competitividad; el estado de
continua frustración que ocasiona el desequilibrio entre
aspiraciones y oportunidades; el sentimiento de fracaso que produce
la persecución obsesiva e inútil de ideales inalcanzables que
promueve la sociedad, como la perfección física de la mujer o el
enriquecimiento económico del hombre, el estilo de vida carente de
sentido religioso; la transformación del modelo de familia; la doble
carga del trabajo y el hogar que soportan las mujeres; el creciente
número de rupturas matrimoniales; o el fácil acceso a las drogas y
la mayor tolerancia del consumo de alcohol entre los jóvenes”.... y
esto lo expresa una persona separada y agnóstica. ¿A qué podríamos
ratificarlo todos nosotros, que estamos bien casados y somos
creyentes?
Pues bien, en nuestra manos está
dar la vuelta a estas situaciones aberrantes a que nos empuja la
sociedad del consumo (de bienes materiales, obviamente; de los
espirituales, se abstiene). Invertir en educación familia es la
mejor inversión que podemos hacer, con la seguridad de que nos
reportará múltiples beneficios.
Para terminar les dejo con un
simple dato, pero que pone los pelos de punta: un niño tiene ahora
el doble de posibilidades de sufrir una depresión de las que tenían
sus padres y el triple de las que tenían sus abuelos.