Estamos convencidos del significado y el valor de la vida humana
reconocidos por la Tradición cristiana, y percibimos con
preocupación los crecientes atentados contra
la vida en nuestro tiempo. Deseamos que el mensaje
cristiano acerca del respeto a la vida humana y su dignidad pueda
ser difundido en la sociedad, sobre todo entre los profesionales de
la salud. Quisiéramos contribuir, junto con todos los hombres de
buena voluntad, a la extensión de una cultura de la vida en
contraste con la creciente cultura de la muerte.
Como médicos
cristianos nos comprometemos a actuar firmemente en nuestra
profesión de acuerdo con los siguientes principios y orientaciones:
- Dios –Creador del universo y Padre de la humanidad, que ha
revelado su amor a través de su hijo Jesucristo- ha creado al
hombre y a la mujer a su imagen y semejanza desde el primer
momento de su existencia. Es precisamente este hecho la base de
la dignidad característica de todos los seres humanos y el
fundamento de sus necesidades éticas y jurídicas.
- El hombre es el sujeto, el centro y el fin de toda la
actividad humana. En consecuencia, nunca se puede tratar al ser
humano exclusivamente como un medio, ni siquiera para alcanzar
otro bien.
- La vida humana, en su dimensión física, constituye un bien
fundamental y primario para el hombre. En consecuencia, ninguna
acción médica debe atentar contra el bien de la vida humana.
- El ser humano, desde el momento de su concepción hasta el
momento de su muerte natural, debe tener reconocidos ciertos
derechos fundamentales. El más importante de todos es el derecho a
la vida, la cual requiere protección jurídica.
- La salud, en cuanto condición favorable para la realización
de cada ser humano, constituye un bien que exige ser promovido y
tutelado. Así, cada ser humano tiene el derecho de recibir la
atención médico-sanitaria posible, sin ningún tipo de
discriminación. Hay que tutelar y promover este derecho, con
particular urgencia, entre los que carecen de los medios básicos
necesarios.
- La enfermedad y el sufrimiento, aunque representan en
general un camino difícil que interpela al hombre a buscar el
sentido profundo de dicha experiencia, sólo pueden ser
plenamente comprendidos a la luz del misterio pascual de Cristo,
quien asumió en sí mismo todo sufrimiento humano. Ante los que
sufren, el medico siempre debe ofrecer, además de su
conocimiento científico, el consuelo, la comprensión y una
verdadera "con-pasión".
- La muerte es el último paso de la vida terrena y su límite
natural. Pero no constituye la última palabra sobre la realidad
del hombre: abre la puerta a la plenitud de la existencia
humana, a la vida eterna, a la comunión definitiva con Dios.
Cuando la ciencia médica ya no ofrece soluciones realmente
eficaces hay que aceptar serenamente el hecho de la muerte como
término natural del curso de la vida. Nunca es moralmente
lícito procurar o anticipar intencionalmente la muerte de un ser
humano inocente.
FIAMC, Barcelona
13/V/06
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