Distinguidos
colegas:
La relación del
médico con el moralista no ha sido siempre fácil. Numerosos
compañeros de distintos países piden algunas reflexiones para
ayudarles a ejercer la profesión médica con seguridad moral. Uno de
los requisitos de esta seguridad moral es la consulta frecuente con
expertos para iluminar la conciencia profesional. Ésta, para ser
eficazmente humana, debe estar bien formada y correctamente
informada y debe ser frecuentemente afinada en su búsqueda
permanente de la verdad. En los últimos tiempos, dada la
naturaleza de las respuestas de los expertos, es bueno hacer algunas
precisiones sobre la calidad y el alcance de las mismas.
La Ley Natural existe
La ley natural
es la capacidad de la recta razón humana para conocer y adherirse a
la verdad. Hay que decir que ningún profesional como el médico palpa
tanto la existencia de esta ley.
Aunque la ley
natural no coincide con la ley biológica, sabemos perfectamente que
si minusvaloramos la fisiología humana, por ejemplo, nuestros
pacientes irán mal. Nadie puede, por ejemplo, comer piedras sin
transgredir las leyes de nuestro cuerpo y, por tanto, enfermar. Esto
nos puede ayudar a comprender que hay también una ley que nos ayuda
a valorar la dignidad humana. Todos “sabemos” que matar a un ser
humano inocente está mal. O que robar está mal. Sabemos que si no
consideramos al ser humano como un ser también psicológico,
espiritual, familiar y social, nuestra función de transformar el
sufrimiento en bienestar (los médicos somos como nazarenos, como
cirineos, que ayudan a soportar el peso de la enfermedad y el dolor)
no alcanzará jamás plenamente sus objetivos.
Aunque la mayoría
absoluta de los habitantes del planeta Tierra creen en un Ser
Supremo, resulta que, en las sociedades occidentales, muchos
pensadores y creadores de opinión no creen. También a ellos podemos
darles razones naturales de lo que es bueno o malo para el ser
humano. Es más, a veces será con estas razones con las que
percibirán lo sublime de nuestro pensar.
Vista la
existencia de la “ley natural”, dada su complejidad (aunque algunas
normas sean bien simples) y siendo obvio que los seres humanos
padecemos desde Adán serias limitaciones, nos podemos preguntar si
hay alguna instancia última que interprete correctamente esta ley.
Numerosos grados jurisdiccionales intermedios ayudan o perturban en
la percepción de la ley. Nuestra instancia última personal es
nuestra conciencia profesional personal, que será quien
desencadenará las decisiones sobre los actos médicos. De hecho, cada
uno con su sola razón puede llegar muy lejos en la búsqueda de la
verdad. Pero existe una instancia segura, auténtica y objetiva, y
por tanto útil y buena, de interpretación general de la ley, algo
que nos impide cometer errores de bulto para con el ser humano y que
además busca la felicidad trascendente de las personas.
Dios es el
Creador del universo y del hombre. Y, como dice alguna constitución
política, Dios ha hecho al hombre libre. Libre de escoger la verdad
y el bien. Pero también libre de optar por el mal. La experiencia
indica que bien y mal se entremezclan en un sinfín de tonalidades en
el interior de nuestras estructuras sanitarias. Si el mal existe,
también existe la confusión, el error. Tanto el error culpable como
el no-culpable (¡contra ambos debemos combatir!). Es más, es posible
que algunas personas estén especialmente empeñadas en extender la
confusión. Además, el mal puede establecer verdaderas “estructuras
de pecado”, lugares, establecimientos o leyes que no sirvan al ser
humano.
La Iglesia interpreta la Ley
Natural
Nuestro Creador
ha dispuesto que sea la Iglesia quien interprete de manera auténtica
la “ley natural”. Además, custodia todo aquello que Él mismo ha
Revelado y no se halla en la naturaleza. Los seres humanos estamos
en este mundo de paso y de prueba, alejados hasta cierto punto de
Dios pero en absoluto dejados de su mano. En el Padrenuestro
decimos “Padre nuestro que estás en el Cielo”, lo cual ya indica que
nosotros estamos en otro nivel, en un no-Cielo. “Venga a nosotros tu
Reino” y “líbranos del mal” nos indican claramente que hay un estado
mejor que puede venir y aún no ha venido plenamente y que el Creador
lo puede todo. En este no dejarnos solos, disponemos del servicio
que nos brinda el Magisterio de la Iglesia. La Iglesia habla con
lenguaje humano (y en distintos idiomas) sobre todo lo que acontece
al hombre.
Otra verdad que
percibe nuestra experiencia propia e histórica es la realidad del
progreso de la Medicina. Y ello independientemente de que haya
habido también avances, retrocesos y asimetrías según los países y
las culturas. Los seres humanos tenemos un montón de sorpresas para
descubrir en la misma naturaleza y somos capaces de inventar y
construir infinidad de cosas, lo que hace del vivir una experiencia
apasionante y nunca acabada.
El progreso
debería avanzar con las dos piernas: ciencia y ética. En los últimos
años ha hecho fortuna el nombre y el contenido de una supuesta nueva
disciplina, la Bioética. Personalmente creo que los
médicos ya disponíamos, muchos años antes, de disciplinas
equivalentes. Recientemente he leído libros de Moral médica y de
Deontología profesional de principios del siglo pasado y no dejan de
ser tratados de Bioética…
El Magisterio acompaña
el progreso de la Medicina
El progreso de la
Medicina va también acompañado de un despliegue del Magisterio de la
Iglesia. Las nuevas técnicas, los nuevos descubrimientos, interpelan
a los médicos, los cuales encuentran apoyo en el Magisterio. Apoyo
es seguridad. La seguridad moral es necesaria en el ejercicio de
nuestra profesión. El Magisterio ilumina la conciencia profesional
para que pueda ejercer en el bien, adaptándose a los tiempos y
momentos de los avances. El Magisterio interviene después de
considerar los datos obtenidos por las ciencias experimentales.
No nos ahorra el esfuerzo de estudiar el mundo por nosotros
mismos. Al contrario, nos impele a ello de hecho y de derecho.
El sentido común
eclesial nos dice que, si bien todos los bautizados somos Iglesia y
le aportamos nuestro granito de arena, quien ejerce el Magisterio de
la Iglesia son el Papa y los obispos en comunión con él. No puede
ser de otra manera. El Todopoderoso se hizo uno de nosotros y dejó
unos representantes, actúa cuando quiere y como quiere, pero se
adapta a la lógica inscrita por Él mismo. No razonable que
cualquiera y de cualquier manera produzca Magisterio o pretenda
interpretar auténticamente la “ley natural”.
Así pues, cuando
aparece un documento papal o episcopal sobre un tema de interés
propio de la profesión, el médico católico debería mirar
críticamente a la legión de teólogos moralistas que lo interpretan y
reinterpretan en diversos medios de comunicación. ¡Como si el Papa
no escribiera con claridad! ¡Como si los médicos católicos no
pudiéramos entender por nosotros mismos! No se puede ofender la
inteligencia de los profesionales ni de la población general. Ya sé
que algunos teólogos tienen el respaldo de numerosas publicaciones,
son profesores de universidades de prestigio desde hace años o
mantienen lazos de amistad con nosotros. La emotividad puede tumbar
cabezas muy bien amuebladas y, por el contrario, también hacer
entender por otra vía al que no entiende por la vía de la razón.
El común de los
mortales comprende el dicho que dice “donde hay patrón, no manda
marinero”. Esto debería bastar para acallar a quien suplanta
descaradamente funciones que no le son propias.
Es capital tener
en cuenta que, al igual que sucede en el caso de las apariciones o
revelaciones personales, lo público en la Iglesia prima sobre las
enseñanzas privadas. Así, las enseñanzas públicas de la Iglesia
sobre los temas que nos afectan tienen siempre prioridad y
veracidad. Las enseñanzas privadas de teólogos se tienen que
poner en cuarentena siempre si contradicen el Magisterio. E incluso
si parecen contradecirlo. Uno de los principios de la comunicación
en la Iglesia es el de la claridad o no-contradicción. En la Iglesia
no hay secretos. Las grandes verdades son públicas y claras (las
tenemos en el Catecismo de la Iglesia Católica). Cuando se proclama
un misterio, queda clara y es precisada su cualidad de tal.
La vida de las
personas en esta tierra mira a su destino eterno. No se puede medir
al hombre sólo en dos dimensiones. La tercera dimensión, la que
apunta hacia arriba, es la que da el volumen a nuestras vidas.
Un caso ejemplar
Se trata de una declaración de expertos sobre la
posible licitud de la transferencia de núcleo alterado a un óvulo
para obtener células madre. Se alteraría de tal manera el material
genético de una célula que el producto resultante de la puesta de
este material en un óvulo y su activación, no daría lugar a un ser
humano. Sería algo similar a la mola hidatiforme, que también
proviene de óvulo y espermatozoide
alterados, en este caso de forma natural.
La ejemplaridad
del caso viene dada por la inteligencia de plantearse la
posibilidad, por la manera de expresar prudentemente opiniones, por
la sinceridad en admitir los firmantes que cada uno es experto sólo
en una parcela y que no hablan en nombre de su Iglesia o entidad de
trabajo; y por el hecho de que propongan empezar las investigaciones
con animales.
En la toma de
decisiones hay que encuadrar el problema
Son muchas las
ocasiones en que los médicos católicos nos encontramos frente a
dilemas morales y tenemos que tomar decisiones. Por ello es
importante saber distinguir entre el bien y el mal, algo que es
imposible hacer al margen de la Iglesia (las cosas son como son).
En la toma de
decisiones, será bueno tener en cuenta el viejo principio de “primum
non nocere” (primero, no hacer daño) y el evangélico principio de
“no más cargas de las necesarias”. También, el de trabajar con
sobreabundancia de bien. Ello nos permite ir mucho más allá al
afrontar los problemas con humanidad.
Si bien no somos
habitualmente responsables del mal que hacen terceras personas ni de
encontrarnos trabajando dentro de estructuras de pecado, jamás
debemos perder la fuerza de los ideales de la juventud, el frescor
de querer cambiar las cosas por arraigadas que parezcan o el
convencimiento de que nunca estamos solos.
Antes de la toma
de decisiones, el médico se hace una composición de lugar ante el
problema concreto. Es bueno encuadrar las cosas en sentido amplio
(el “frame”) y desde una sana antropología. Recuerdo aquella vez que
fui invitado a un medio de comunicación de masas para un debate
sobre la inseminación artificial en las parejas lésbicas. Se suponía
que las distintas opiniones estarían equilibradas. Los invitados,
empero, eran un activista gay, una lesbiana, un bisexual, un
libertino y un heterosexual. Además, el presentador y los reportajes
de apoyo estaban a años luz del pensamiento del minoritario
heterosexual. Preguntada la dirección del programa por tan burda
manipulación, tuve que oír que todo había sido pensado desde la más
estricta paridad de opiniones…
En este caso, el
encuadre del tema no es si aquel tipo de parejas tienen o no derecho
a inseminarse o si hay parejas heterosexuales que maltratan a sus
hijos. La perspectiva amplia puede ayudar al profesional de la
fertilidad a ejercer la objeción de conciencia. Y es que lo ideal, y
con lo que millones de esposos y niños son y han sido felices, es
que los niños nazcan naturalmente en la familia, hombre y mujer. Es
ahí a dónde hay que llevar el debate porque es ahí donde reside la
realidad.
¿Se puede hacer un mal para
conseguir un bien?
Aunque
generalmente los problemas en las decisiones médicas no se suelen
presentar como males que producen bienes, lo cierto es que ésta es
la clave de la cuestión en numerosas ocasiones. Y el principio de
jamás hacer un mal para conseguir el bien (el fin no justifica los
medios) es básico.
Las decisiones
médicas son actos morales. Muchas veces la rutina de la vida hace
que no las veamos como tales. Quizá un día nos planteamos la
moralidad de un procedimiento o protocolo, decidimos que era justo,
y lo venimos aplicando si más en los distintos pacientes. Los
automatismos forman parte de la naturaleza y nos ayudan a vivir sin
gastar ingentes cantidades de energía mental. Sin embargo, en
algunas ocasiones – no sólo en los casos extraordinarios- hay que
estudiar atentamente el acto moral.
Es útil
la tradicional disección del acto moral en objeto, fines y
circunstancias. Un acto bueno requiere la bondad simultánea de
estos tres elementos constitutivos de la moralidad de los actos
humanos. Algunas veces uno tiene que aguzar el ingenio para poner
cada cosa en su sitio y detectar claramente qué objeto estamos
evaluando. En definitiva, de qué estamos realmente hablando.
Por ejemplo,
¿puede uno emborracharse (acto malo) para extraerse unos dientes
careados (fines laudables) en unas circunstancias de ausencia de
medicinas (entorno favorable al acto)? ¿no es aceptar que el fin
justifica los medios o que se puede hacer un mal (emborracharse)
para conseguir un bien (la salud)? La respuesta a este aparente
dilema, que puede aplicarse a otros muchos casos pero no a todos, es
que al acto lo hemos catalogado como “emborracharse” pero en el
fondo es un acto “anestésico”. El alcohol es un anestésico, aunque
sea de segunda categoría. Nuestra razón práctica, con un poco de
formación y de entrenamiento nos ayudará a catalogar cabalmente el
acto moral.
Hay
comportamientos cuya elección, por su naturaleza, siempre es errada.
Por ejemplo, el caso del aborto, no se puede afirmar que sacrificar
al hijo para supuestamente favorecer a la madre es un acto bueno. Se
mire como se mire.
El doble efecto
La teoría del
doble efecto está mal vista en Europa debido al desprestigio
de los llamados “daños colaterales” en las guerras recientes. Uno
bombardea a un enemigo y, sin pretenderlo, su acción daña a civiles
inocentes. Terrible.
Sin embargo, la
Medicina se sostiene en pie porque aceptamos la teoría. La
quimioterapia pretende eliminar las células cancerosas a costa
también de dañar células sanas. Extirpamos un útero enfermo a pesar
de que la mujer quedará infértil para siempre. Vacunamos miles de
niños a pesar de que alguno morirá por los efectos secundarios.
Está claro que
debemos hacer todo lo posible para minimizar los efectos
secundarios, igual que hay que hacer todo lo posible para evitar una
guerra. En el doble efecto, no se trata de hacer un mal para
conseguir el bien. El mal no se desea. Aparece como un convidado de
piedra pegajoso y persistente.
En el caso del
llamado aborto terapéutico o en el eugenésico, para que quedase
claro que aquí no hay doble efecto y que a quien se combate primero
es al embrión, el mismo Juan Pablo II afirmó que jamás se puede
legitimar la muerte de un inocente.
En el caso del
aborto indirecto, si bien es lícito tratar a una madre aunque
esperemos el efecto secundario de la muerte del embrión o feto,
algunas personas nos han dado la solución a problemas morales por
rebosamiento de bien. Tal es el caso de la doctora Gianna Beretta,
que se negó a un tratamiento para no perjudicar su embarazo. Ella
murió y su hijo vive.
El mal menor
Se ha puesto de
moda hablar del mal menor como si fuera algo deseable. Pero no.
Resulta que jamás se puede hacer un mal, por menor que sea o se
considere. El mal siempre es malo. La teoría del mal menor no se
refiere a hacer sino a tolerar. El mal menor lo decide un tercero o
terceros sin que nosotros intervengamos. Tenemos que tolerar ciertos
males porque no somos Quijotes que deban arremeter contra todo y
además el ser humano es libre incluso para utilizar mal esta
libertad. Nuestra obligación es la de nunca hacer el mal. Siempre
hacer el mayor bien posible. A lo que no debemos acostumbrarnos es a
tolerar los males infligidos a inocentes. ¡Nunca son estos males
menores!
La colaboración con el
mal
Tal como está el
mundo, nos tenemos que plantear a menudo si evitamos colaborar con
aquellas personas y estructuras que atentan contra la dignidad del
ser humano. Aunque puedan encontrar a otros que colaboren con el
mal, que nos nos encuentren a nosotros. Que no nos sea imputable a
nosotros y, si es posible, que intentemos conducir las situaciones
por sendas rectas.
En algunas
ocasiones tendremos dudas, especialmente si la colaboración es
remota. La colaboración remota, aunque sea efectiva, no nos es
imputable si no la deseamos. Es bueno evitar el escándalo y no
contaminarnos. Pero no nos podemos aislar en una burbuja de cristal
y dejar de ser buen fermento en el mundo que nos rodea.
Libertad y seguridad
moral
El médico
católico dispone de una amplia libertad para ejercer su profesión.
Estamos dotados de inteligencia y debemos hacerla a rendir al
máximo. Por otra parte, la seguridad de que estamos actuando
correctamente (seguridad moral) puede alcanzarse con una mínima
formación ética, asintiendo al Magisterio y consultando algunos
casos con colegas seniores o con algún sacerdote de buena doctrina.
Miles de médicos en todo el globo ejercen diariamente con la
tranquilidad de actuar bien.
Los médicos
católicos tenemos grandes modelos en los que fijarnos. Ellos no han
hecho más que identificarse de forma perfecta con quien es el
principio de la ética: Christus medicus. San Lucas, san
Cosme, san Damián, san Peppino Moscati, santa Gianna Beretta, san
Ricardo Pampuri, el beato Pere Tarrés, el beato László Batthyány-Strattmann,
y muchos más, nos han precedido y se han convertido en los gigantes
de la Medicina. Curiosamente, muchas veces los pacientes les veneran
más que nosotros mismos los médicos…
Algunas reflexiones
sobre temas concretos
-
Los
preservativos
El “affaire” de los preservativos para evitar el contagio del
sida o los embarazos no deseados es otra de las cosas que trae
de cabeza a los médicos católicos activistas. Pero no debemos
dejarnos llevar a territorios que no son los nuestros. La
sexualidad es uno de los dones del matrimonio y dentro de éste
se expresa al máximo. Los católicos, en el matrimonio, vivimos a
tope la sexualidad. La sexualidad fuera del mismo, entre varones
o poligámica no forma parte de nuestra antropología. No se puede
acusar a la Iglesia de difundir el sida (casi siempre se olvidan
de las otras 29 enfermedades de transmisión sexual) cuando
predica abstinencia, fidelidad y espera. Esto es útil para
evitar enfermedades o embarazos adolescentes. Pero la finalidad
primordial de la castidad no es antiepidémica sino promocionar
la virtud y proporcionar felicidad.
Es evidente que los médicos católicos, que sirven en un mundo en
el que hay de todo y en el que muchas veces las mismas
estructuras sanitarias están pervertidas, se encontrarán con
personas que querrán seguir practicando la poligamia secuencial
o la homosexualidad. No será cándido, en un entorno de buena
relación médico-paciente, presentarles nuestras propuestas. Si
la persona insiste implícita o explícitamente en continuar con
sus prácticas, el médico le hablará de la “barrera”más o menos
imperfecta que es el preservativo, sin presentarlo, y menos
recomendarlo, como un bien. Y, por último, si la persona resulta
infectada, lo tratará con cariño y profesionalidad.
Es importante tener en cuenta que no es misión de la Iglesia el
promover parches para que el ser humano siga ejercitando
conductas incorrectas. Ni en lo posible debemos permitir que los
medios de comunicación nos utilicen para promover conductas
indignas.
Hay conocimientos científicos que no se obtienen leyendo las
secciones de ciencia de los medios. Así, saber que los
hermafroditas existen, que el síndrome del post-aborto es
frecuente y doloroso o que los homosexuales pueden muchas veces
cambiar, se aprende en publicaciones especializadas o de la boca
de maestros experimentados.
Es bueno siempre tener en mente la sana antropología a la vez
que pensar que los mass media comprenden mejor lo simple, se ven
obligados a poner titulares impactantes y raramente pueden hacer
bien un debate moral.
-
La
eutanasia: no es lo mismo morirse que que te maten
A un enfermo terminal no se le puede dejar desasistido, no
podemos encarnizarnos con él y no podemos matarlo. Lo único
digno que podemos hacer es proporcionarle unos cuidados
paliativos de calidad. Estos deben tener en cuenta las
dimensiones biopsicosocial, espiritual
y familiar de la persona. Es por esta senda por la que hay que
avanzar.
La eutanasia mata la libertad: se trata de una supuesta decisión
libre que hará que la persona ya nunca más tome decisiones
libres. Ni siquiera la tan humana decisión de rectificar. La
eutanasia, su popularización o despenalización, se sitúan en el
lado oscuro de la profesión, la promocione quien la promocione.
Son frecuentísimos los casos de consultas sobre la
proporcionalidad o no de los tratamientos en los terminales. La
Medicina no puede negar nunca la hidratación, la nutrición, la
higiene, la oxigenación, los medicamentos básicos.
Recientemente, un anciano presentó una insuficiencia cardiaca y
el comité de ética de su hospital recomendó sólo un tratamiento
con mórficos, en espera de su muerte. Pero el médico que le
atendía resolvió el caso con un diurético, oxígeno y digoxina.
El verdadero sabio fue el médico de a pie.
-
Los
anticonceptivos orales
Los seres humanos hemos sido creados expresamente incompletos
por Dios. El varón necesita de la mujer para realizarse y la
mujer necesita del varón también para ser feliz. Es más, varón y
mujer necesitan también a los hijos para completar su plenitud
en la familia. Los esposos
tienen todos los hijos que pueden mantener y educar. El número
de hijos depende de muchos factores y debería aderezarse con la
generosidad. Las familias numerosas son una alegría para la
sociedad y para la Iglesia. En mi opinión personal, prescindir
del otro sexo sería antinatural en el ser humano maduro, salvo
que se transforme en un bien sobrenatural, como sucede con el
celibato por el Reino. Desde luego, existen causas de fuerza
mayor o imponderables que hacen que una persona no pueda
completarse con una pareja.
-
El acto
sexual sostiene una pulsión tal que a nadie deja indiferente y
siempre tiene consecuencias. Une a hombre y mujer de una manera
incomparable. Su realización debe darse en un contexto de
madurez, compromiso y exclusividad: el matrimonio. El varón y la
mujer se lo dan todo al otro, incluida la capacidad de generar
nuevas vidas humanas. Esto es bueno.
Existen momentos en que, objetivamente, por motivos médicos,
sociales, familiares, la responsabilidad de los padres les lleva
a evitar un nuevo nacimiento. La posibilidad de ello ya está
prevista en la “ley natural”. La mujer sólo es fértil unos pocos
días al mes. Los métodos naturales de regulación de la
fertilidad (Billings, sintotérmicos, etc.) permiten utilizar
estos periodos infecundos para que los esposos sigan
manteniéndose en comunión con las relaciones sexuales y con
ellas superen la malsana atracción de otras carnes.
El Papa Pablo VI, en la encíclica Humanae vitae, advierte que
los médicos y el personal sanitario debemos considerar como
propio deber profesional el procurarnos toda la ciencia
necesaria en este campo para poder dar a los esposos que nos
consultan sabios consejos y directrices sanas que de nosotros
esperan con todo derecho.
Los anticonceptivos violentan varios derechos humanos: el
derecho a la vida (en los casos de píldora abortiva o del día
siguiente), el derecho a la salud (tienen efectos secundarios, a
diferencia de los métodos naturales), el derecho a la educación
(la gente tiene derecho a conocer su propia fertilidad) y el
derecho a la igualdad entre los sexos (la carga anticonceptiva
suele recaer siempre sobre la mujer).
En julio de 2005, la Agencia internacional para la investigación
sobre el cáncer (Lyon, Francia), de la Organización Mundial de
la Salud, informó de la carcinogenicidad de los anticonceptivos
orales de estrógenos y progestágenos combinados, basada en las
conclusiones de un grupo de trabajo internacional “ad hoc”.
Fueron clasificados como carcinógenos del Grupo 1.
Lamentablemente, queridos colegas, hoy por hoy no somos capaces
de proporcionar métodos naturales a todos aquellos que los
necesitan. Las bajas tasas de fecundidad en países de mayoría
católica (España, Italia), junto con el bajo conocimiento de
estos métodos, nos indican que muchos esposos utilizan los
métodos artificiales. Si tenemos en cuenta que se trata de
países relativamente ricos, no se puede decir tampoco que sean
especialmente generosos con el número de hijos. Aquí tenemos un
reto inmenso. No debemos jamás apagar la antorcha encendida en
favor de los naturales.
Por desgracia, la contracepción no es el único reto de la
Medicina y de la sociedad. Tampoco somos capaces (ni nosotros ni
el conjunto de las naciones en general) de proporcionar medios
contra la desnutrición, la malaria o la transmisión vertical del
sida. Tenemos los conocimientos y algunos medios pero no podemos
ponerlos al alcance de los necesitados. No falta trabajo, pues.
Sin juzgar a los esposos que utilizan anticonceptivos
artificiales – nuestro oficio no es el de juzgar- no debemos
jamás olvidar este deber profesional de ofrecer los medios
naturales y de disuadir de los artificiales. Es signo de
progreso comprender bien a la naturaleza y ayudarla en lo
posible. El mundo está inacabado. Tenemos un trabajo que hacer.
Y, cuando lo hacemos, el progreso se nota.
-
El aborto
provocado
¿Hay algo peor que arrancar a un hijo del vientre de su
madre? ¿Se puede explicar a un niño de cinco años el aborto
procurado? La mujer que pierde a un hijo en un aborto
espontáneo, ¿no llora como si hubiera perdido a un hijo?
¿Hacemos los médicos todo lo posible para transformar el
sufrimiento de unos padres con problemas en el embarazo en
alegría y gozo? El médico católico ejerce la opción preferencial
por las madres. Ni exclusiva, ni excluyente, pero preferencial.
-
El
evolucionismo
Sabemos muy poco del comienzo físico de la especie humana.
Sin caer en el cientifismo, habrá que esperar décadas hasta que
la ciencia nos ilumine más sobre ello. No se sabe ni cómo ni
cuando una especie pasa a otra, si es que ello sucede. Gran
parte de lo escrito sobre esta materia es provisional e
incompleto.
-
La
amniocentesis
Como sabéis, salvo casos escepcionalísimos, la amniocentesis
se realiza para provocar el aborto en caso de que se sospeche
una malformación fetal. Así, como está práctica no se hace en
bien del feto y de la madre, no se puede considerar un acto
médico correcto.
-
La
reproducción artificial
El médico puede y debe ayudar a los esposos
infértiles, pero no puede sustituirlos. Este principio es muy
útil para comprender que, a pesar de la popularidad de las
técnicas llamadas de “reproducción asistida”, no podemos ceder a
las tentaciones fáciles y lucrativas. Todos los esfuerzos deben
concentrarse en mejorar los estudios de fertilidad de las
parejas y en tratar lo tratable, que es mucho. Dada la fijación
que muchas clínicas tienen para con la fecundación in vitro,
será bueno explicar a los esposos que no es función médica
sustituirlos, que las amniocentesis se hacen casi siempre para
abortar a los hijos defectuosos, que se eliminan embriones
sobrantes a menudo, que se congelan hijos.
Los
ginecólogos católicos son los héroes de la Medicina de hoy. Su
cuidado y promoción son prioridad alfa para las asociaciones de
médicos católicos y para la F.I.A.M.C.
Los generalistas y otros especialistas también pueden aportar
sabios consejos en cuestiones de fertilidad.
-
El respeto
por el embrión. Las células madre
Sinceramente creo que la postura más coherente con los
conocimientos que tenemos sobre el embrión es su escrupuloso respeto
desde la concepción. Y la postura que más problemas evita.
Nuestra coherencia reluce cuando defensores de ballenas y focas,
detractores de la pena de muerte, activistas por los derechos
humanos, filántropos de distintas especies, aceptan la
destrucción del embrión sin pestañear (siempre con fines
terapéuticos, claro).
La concepción dura un tiempo, pero el proceso ya está
desencadenado y el respeto por la integridad del embrión
comienza mucho antes: comienza con el respeto
por la unión de hombre y mujer, evitando concepciones in vitro.
Los seres humanos no debemos introducir caos en el bios.
Parangonando el principio del evangelio de san Juan, podemos
decir que al principio existe el mensaje genético, y el mensaje
genético está en vida y el mensaje genético es la vida. Cuando
existe un mensaje genético humano completo, expresable y que se
expresa de manera continua, coordinada y gradual, imparable si
no es por factores externos adversos, allí existe un ser humano
único e irrepetible que se debe respetar. Viene a nosotros y los
suyos (nosotros) debemos reconocerlo y recibirlo.
Ya se comprende que, aunque cualquier célula, por ejemplo de
nuestra piel, contenga el mensaje genético humano completo, no
se trata ella misma de un ser humano. La expresión de ese
mensaje, que es parcial, hace que no se trate de un ser humano.
¡Es el óvulo fecundado el que ya está actuando como humano! Al
principio, somos mensaje único e irrepetible rodeado de algunas
membranas, ARN, reservas de energía y otros servicios. Hasta
ahora, ningún investigador ha “creado” vida. Los seres humanos
sólo somos capaces de transmitirla, correcta o
incorrectamente...
Las células madre embrionarias están para dar lugar al embrión.
Y las células madre adultas están para regenerar tejidos. Así de
sencillo.
En sentido estricto, el ser humano no tiene derecho a la vida.
La vida es un regalo que recibimos. Antes de existir no éramos
nada y por tanto no éramos sujeto de derechos. ¡A lo que tenemos
derecho es a que otro ser humano no nos quite la vida!
Queridos
colegas:
Nuestra profesión
es quizá la más admirada del mundo y aquella de la que más esperan
las gentes. Yo os recomiendaría que no dejarais jamás de estudiar,
que tuvierais presente la promesa y la oración del médico (www.fiamc.org
), que no cayerais en la tentación de venerar al dios Mammón (el
dinero) y que considerarais la posibilidad de aportar colegas a las
asociaciones de médicos católicos ya existentes.
Cordialmente,
Josep Maria Simón; president de la FIAMC
1/XII/06
PS/ Agradezco a
Mons. Maurizio Calipari, asistente eclesiástico de la F.I.A.M.C.,
los consejos que me ha dado para dar a esta carta su versión
definitiva. Aunque se hallan bajo la supervisión de la Jerarquía, el
Código de Derecho Canónico da una amplia autonomía a las
Organizaciones Internacionales Católicas como la que presido. La
F.I.A.M.C. es de Derecho público en la Iglesia universal, y por
tanto “habla y actúa en nombre de la Iglesia”. Se trata de una clara
señal de confianza eclesial en los laicos.